Mantener la “sana distancia” es una estrategia efectiva para reducir la probabilidad del contagio del SARS-CoV-2. Sin embargo, el confinamiento implica un costo biopsicosocial muy alto, pues se puede convertir en una situación estresante y, sin certidumbre de cuándo este terminará, podría generar que las personas entraran en una fase de estrés crónico, el cual altera el funcionamiento de los sistemas nervioso autónomo, endócrino e inmunológico. Para evaluar el funcionamiento emocional y social individual se puede utilizar la imagen térmica infrarroja, la cual examina los cambios de temperatura faciales y en manos (respuesta del sistema nervioso autónomo) para enfrentar las demandas ambientales, dando lugar a la termorregulación afectiva. Se recomiendan algunas acciones a seguir para regular la actividad nerviosa autonómica a la distancia social